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La educación hoy: ¿sin timón?

 

 

Debemos pensar en un cambio de paradigma en el aula y pasar de una clase centrada en el docente a una centrada en el alumno

Mucho se especuló con que la pandemia era la gran oportunidad de transformar la educación. Sin embargo, no hay que ir mucho más lejos que la escuela más cercana para ver que un cambio requiere de mucho más que de buenas intenciones.

Para hablar de una verdadera transformación de la educación, debemos darles respuestas a muchas cuestiones que escapan a lo pedagógico-didáctico, pero que son básicas para poder avanzar en la transformación de la educación: desde sueldos dignos y condiciones de empleo, hasta infraestructura, edificios aptos para impartir educación, y más y mejores recursos, todas cuestiones esenciales sin las cuales hablar de una mejora educativa suena casi como una fantasía. Los docentes necesitan contar con las condiciones necesarias para poder crecer y aportar de manera positiva al sistema, y estar en constante formación.

¿Cómo podemos pedirle hoy a un docente, que no tiene recursos ni le alcanza el sueldo, que dedique tiempo a pensar, planificar o a tomar decisiones para mejorar la calidad educativa de sus alumnos? Y ni hablar de las particularidades de esta pandemia…

Innovaciones en el aula sí, pero también cuestiones básicas resueltas que permitan poder seguir avanzando a paso firme.

Para transformar la educación necesitamos de un gran compromiso para generar y sostener cambios a lo largo del tiempo. Mejorar la calidad de la educación requiere, ante todo, una voluntad muy firme. La innovación educativa no es pasar del pizarrón a una tablet. Tampoco es dejar de enseñar las capitales de memoria.

Ya lo decía Winston Churchill: “Siempre me ha encantado aprender. Lo que no me gusta es que me enseñen”. No tenemos que cambiar todo el sistema para darles a nuestros alumnos una experiencia diferente, pero sí debemos pensar en un cambio de paradigma en el aula y pasar de un aula centrada en el docente, a un aula centrada en el alumno. Algunos cambios necesarios:

Reenfocar el aprendizaje para que ir al colegio no sea “ir a aprobar”, sino ir “a probar”, y que de ahí surja la curiosidad y la motivación para aprender. Necesitamos darles a los chicos cosas para hacer, no hechos para memorizar. Y que eso que deban hacer los obligue a pensar. Ahí es donde surge el aprender- al interactuar con el contenido. El aprendizaje debe ser activo, no pasivo. Las oportunidades de aprendizaje se desvanecen cuando los alumnos están aburridos. El aprendizaje no es para espectadores.

– Trabajar la importancia de las emociones en el aula, de manera transversal y sostenida en el tiempo. Esto se traduce en aulas sanas, con alumnos que se sientan seguros y apoyados. Después de todo, un alumno que tiene miedo a que lo humillen, a que lo critiquen, a que lo expongan, no va a poder desplegar todo su potencial creativo. Está claro que un clima institucional negativo genera barreras que afectan el aprendizaje. Por otra parte, numerosos estudios han demostrado la importancia de la relación entre el docente y el alumno para lograr que este desarrolle todo su potencial. Es imposible, por ende, desatender este vínculo al hacer foco en el binomio enseñanza-aprendizaje.

– Crear una verdadera revolución cognitiva. La cultura del pensamiento en las aulas requiere de espacios en donde se valore el pensar y haya tiempo para hacerlo con una cuidadosa elección del material de estudio. Lo que los chicos leen y aprenden hoy va a influenciar su manera de pensar en el futuro. Enseñar a pensar, sí. Enseñar qué pensar, no, independientemente del gobierno de turno.

– Cambiar el sistema de evaluación y lograr que los alumnos puedan tener una mirada diferente frente a la evaluación. Se trata de utilizar la evaluación no sólo para ver si lo lograron o no, sino para ayudarlos a lograrlo. Al enseñarles a los alumnos a tener una mirada racional y no emocional sobre sus errores, los estamos preparando para una mejor vida adulta. Pero para eso, debemos comenzar nosotros, los adultos, por entender cuál es el verdadero sentido de la evaluación.

– Rediseñar las aulas. Los espacios de aprendizaje afectan a los alumnos y al aprendizaje. Sin embargo, las aulas y los patios de hoy son iguales a los de hace más de un siglo…

– Trabajar la excelencia en los centros de formación docente, porque si bien es verdad que muchos son prestigiosos y sólidos, hay otros que siguen enseñando para un mundo que ya no existe.

Después de todo, la calidad del sistema educativo no puede ir más allá de la calidad de sus docentes. Necesitamos empezar a avanzar y dejar atrás la idea de que el contenido es lo único importante.

Necesitamos ofrecerles a los alumnos oportunidades para que aprendan aquellas habilidades que los van a empoderar para poder aprender siempre, aún mucho después de su tiempo en nuestras aulas. De nada sirve intentar recuperar el tiempo corriendo para cubrir todo el programa. El foco debe estar en mejorar la calidad del aprendizaje. Más que impartir contenidos, lo que buscamos es que los chicos puedan desarrollar la capacidad de hacer algo con ese contenido.

La avenida de la educación, es tan angosta, que millones de chicos se quedan afuera del sistema. Clara y tristemente, hay colegios para unos y colegios para otros. La escuela tiene que rearmar los destinos biográficos que muchas veces portan los alumnos, tiene que ser el espacio social donde todos puedan mejorar y crecer positivamente. Si no logra mejorar aquellas situaciones negativas y aumenta las desigualdades que los alumnos traen por historia personal, habrá fracasado en su labor.

¿Qué hubiese sido del mundo si Thomas Edison, Isaac Newton, Albert Einstein, Marie Curie, Manuel Belgrano, Juana Azurduy, José de San Martín, Nelson Mandela, la Madre Teresa de Calculta, y cuantos hombres y mujeres conocidos o desconocidos quieras agregar, hubiesen dicho ‘a mí me funciona así, ¿para qué cambiar?’ o ‘eso ya lo hacemos’?”.

Son tiempos extraordinarios, el mundo se transforma vertiginosamente. Hay un cambio de paradigma a nivel social, cultural, científico. La escuela debe pararse en otro lugar. Son momentos históricos donde se nos invita a ser protagonistas, líderes, transformadores. Es un desafío enorme, pero con la certeza de que inmensos serán también los logros. Todos tenemos un rol que cumplir, cada uno desde su lugar. Los docentes impartiendo clases interesantes, relevantes y significativas que involucren emocional y cognitivamente a sus alumnos, los padres motivando e inspirando a sus hijos, y haciéndose responsable de que vayan a clase; los alumnos, con su implicancia ejerciendo el rol de alumnos, y los gobiernos generando las mejores condiciones desde sueldos dignos, infraestructura, recursos, desarrollo profesional y todo lo necesario para que enseñar se traduzca en aprender. Pero la sociedad también debe involucrarse, entendiendo que la educación está relacionada directamente con el progreso de la sociedad y con un futuro mejor. Un futuro que necesita no solo mejores aprendices, sino también mejores ciudadanos y buenas personas.

Para iniciar un cambio, es condición pensar que este es posible. No hay transformación real sin acciones. La capacidad de reinventarnos es la condición que nos ayudará a brindarles a nuestros alumnos la mejor educación posible en este momento histórico.

Aunque educar es un riesgo que implica soltar amarras y navegar en un mar de aguas no siempre calmas, es una maravillosa aventura y un enorme desafío para el que fuimos convocados los docentes.

 

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